¿No lo ves, o es que no lo quieres ver?

…lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado. Eugenio Trías.

Son las siete y media de la mañana. Suenan las noticias en la radio y el bufido de una cafetera. Emilia prepara el desayuno mientras hace como que no quiere mirar, pero mira, la silueta masculina desdibujada que le devuelve la ventana que da al patio de luces. Aparta la cafetera del fuego cuando escucha a su marido reclamando su atención desde el baño: «¡Emilia, llego tarde! Ya tomo algo en el trabajo. Hablamos a la noche y me cuentas eso tan importante». Pues a la noche será, piensa ella.

***

Hace seis años vivían en una atiborrada mole de catorce pisos y ochenta y cuatro viviendas, en un barrio periférico, peligroso e incontrolable. Andar recelosos por la calle, con el bolso o la cartera bien protegidos, o compartir ascensor con extraños de aspecto quebradizo quedó atrás desde que se mudaron a este edificio de tan solo ocho vecinos. Ahora todos se conocen y todos se ayudan, así que Emilia, acompañada y arropada por esas vidas cercanas y sabidas, respira más tranquila. Pero desde el mes pasado ha vuelto a sentirse inquieta. Un tal Pedro López se ha instalado en el tercero, justo enfrente de su puerta.

La primera semana encontró natural no coincidir con él por las escaleras. La segunda, viendo que no se encontraban por más que ella buscaba el momento, preguntó infructuosamente a los vecinos. La tercera, optó por mantener en silencio el runrún de la radio y la televisión más horas de las que acostumbraba. ¡Nada. Como si flotara este chico! Y fue a la cuarta cuando supo lo que a lo mejor no tenía que haber sabido.

***

Emilia espera la llegada de su marido con la esperanza de ser escuchada y espantar sus miedos; y Antonio, puntual y cumplidor, llega a las siete y se sienta en el sofá dispuesto a escuchar o a hacer como que escucha, que a Emilia le suele valer. Emilia le cuenta entonces, sin respiro y sin interrupciones, que desde que llegó el nuevo vecino, que ni se ha presentado a la comunidad y del que nadie sabe nada, no está tranquila en casa; que por más que intenta averiguar quién es, a qué se dedica, si vive solo o con alguien más…, por más que mira y mira por la mirilla de la puerta de entrada y por la ventana de la cocina, no consigue ver nada. «Pero es que la otra tarde, ¡ay, Antonio!, se escuchaban voces de hombre, unas voces malhumoradas y agresivas que subían de tono y me asustaron». ¿No sería la radio que se la habría dejado encendida como otras veces?, sospecha su marido.

–¡Antonio! Mis noches han vuelto a ser inestables, y mis días, esos días tan largos esperando a que vuelvas, los paso en tensión. Me ha vuelto ese desasosiego que se me instala aquí y no hay quien lo saque. ¡Ay, Antonio! – suspira Emilia con las manos en el vientre.

Aprovechando la pausa que Emilia utiliza para coger aire e impulso, Antonio la interrumpe con cierto tono irónico:

–¡Vamos, Emilia!, ¿desde cuándo te importa tanto la vida de los demás? ¿El chico ha causado algún problema? ¿No? Pues no le des más vueltas. Que gritan un poco, pues sube el volumen de la tele. –Emilia comienza a mirar con suspicacia a su marido– Venga Emilia, no pienses tanto en ello y se te irán esos nervios sin darte ni cuenta.

–¡No es tan fácil, Antonio!, –le recrimina alzando la voz para, al momento, bajarla, y, casi al oído y dotando de un misterio intencionado a sus palabras, susurrarle –Es que aún no te he dicho lo que de verdad te tenía que contar.

Su marido la mira ahora preocupado. ¿Será posible que esté perdiendo el norte y me lo quiera hacer perder a mi también?, piensa. Espera un momento, le dice. Se va a la cocina y vuelve con una cerveza bien fría –casi a punto de congelación, como a él le gusta–. Parapetado tras la cerveza, Antonio muestra su semblante más conciliador.

–Dime Emilia, dime, mujer.

Y es entonces cuando Emilia le cuenta que justo ayer se encontró al fin con el vecino, con el tal Pedro, y que aunque al principio parecía rehusar entablar conversación con ella terminó haciéndolo. No tuvo escapatoria, porque lo pilló justo en el umbral de su puerta y no lo dejó pasar hasta conseguir su propósito. Que el chico le contó que había alquilado este piso para él y su padre Paco, un señor mayor impedido y con Alzheimer. Su padre se desorientaba y se ponía muy nervioso en la calle y ante extraños por lo que lo más sensato era que permaneciera en casa, sin novedades ni sobresaltos, y que, por este motivo, seguramente ella no lo había visto nunca. Cuando Emilia le preguntó por las voces que la alarmaron, él le explicó que era habitual que su padre, por su enfermedad, tuviera accesos de ira. Que no tenían importancia y que él lo tenía ya todo controlado: estaba acostumbrado a los gritos y al mal humor de su padre y solo le quedaba tener paciencia con él. Que gracias por todo, y que no se preocupara por ellos. Él ya se manejaba con la situación y si necesitaba cualquier cosa no dudaría en pedírselo. Que estuviese tranquila.

–¿Cómo voy a estar tranquila, Antonio, sabiendo que al otro lado de la pared hay un señor con Alzheimer, solo durante buena parte del día, al que se le puede ir la mano, la olla, la ira…¡yo qué sé qué!, y tenemos un disgusto?

–Ya –dice Antonio pensativo.

–¿Qué podemos hacer, Antonio? Me da pena este chico, pero ¿qué necesidad tenemos nosotros de volver a tener unos vecinos tan problemáticos?

–Mira Emilia, a los vecinos, como a la familia, no los podemos elegir. ¿Qué vamos a hacer? Nada. Venga… ¿qué te parece si ponemos la mesa y cenamos?

Mientras Emilia pone el mantel y los cubiertos, Antonio está en la cocina descorchando una botella. Ahora es él el que hace como que no quiere mirar, pero mira, por la ventana que da al patio de luces. Todo está en orden. Respira hondo y se siente aliviado Ya en la mesa del comedor, con el telediario de fondo y la conversación detenida, se sirven el vino, se miran a los ojos y brindan. Por ellos, y, ¿por qué no?, también por los vecinos.

Todo ocurre muy rápido. Se oye a lo lejos el sonido de una sirena que va aumentando en intensidad. Tres toques de sirena suenan al tiempo que el timbre de casa. A Emilia se le cae la copa al suelo sin haberle dado tiempo ni a beber un sorbo. Antonio deja la suya en la mesa y corre hacia la puerta. Abre y encuentra a un policía que le indica que dejen todo y salgan de casa, ¡rápido! Alertados, bajan a la calle donde encuentran a sus vecinos, algunos en pijama, todos con cara de susto y premura. De un coche de bomberos sube una escalera y una manguera hasta una de las ventanas del tercero, la de Pedro. Uno de los bomberos les aclara que no hay nada que temer, que el fuego solo ha afectado a una de las habitaciones del tercero. Emilia, al tiempo que escucha al bombero, ve a Pedro cómo se separa del grupo y se aleja, cabeza gacha y sin hablar con nadie. Y es entonces cuando cae en la cuenta y grita alarmada y alarmando al resto:

–¡Papá Paco!, pero falta «papá Paco». Pedro, tu padre, ¿dónde está tu padre?

Pedro parece no escucharla. Dos bomberos salen en esos momentos del edificio sujetando una camilla humeante. ¡Dios mío, «papá Paco»!, grita Emilia aterrorizada. Antonio la sujeta y la intenta calmar. Deja que vaya yo a ver, Emilia, espérame aquí. En la camilla, con un tufo a chamusquina que tira para atrás, se ve un bulto cuyo hedor hace sospechar a Antonio que eso no puede ser, no debería ser, «papá Paco». Con la mano tapándose la boca y reteniendo la respiración, Antonio se inclina para ver mejor, y es entonces, cuando echa el cuello para atrás y respira aliviado, cuando se sobresalta al escuchar a Emilia a su lado gimoteando y sonándose los mocos.

–¡Pero Emilia, te dije que no te acercaras! Bueno, quizás es mejor así. No llores más, ahora lo puedes ver por ti misma. No es «papá Paco». No hay «papá Paco». No existe «papá Paco». Solo es un muñeco, un maniquí, es plástico, humo, nada. Así que ya no hay nada de lo que preocuparse.

–¡Deja, Antonio, déjate de simplezas! –sigue gimoteando Emilia para, al instante, enjugarse las lágrimas y, aparentando una inusitada serenidad, señalar hacia la negrura humeante y susurrarle a su marido:

–Es «papá Paco», ¿no lo ves, o es que no lo quieres ver?

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