Volver a casa

Miro atrás y me recuerdo de niña en una casa sin libros. «Algunos sí había ―me podría decir mi padre―». Sí, claro, sus novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, ¡cómo olvidarlas! Esos pequeños ejemplares de historias de indios y vaqueros que aparecían por los sitios más insospechados de la casa ―en la alacena, en el cajón de los cubiertos, en el maletero de su R-5 o en el bolsillo de su chaqueta― y que podíamos leer y utilizar después para prender el fuego de la chimenea. Artefactos de doble uso. Pasatiempo y herramienta. 

Sigo mirando atrás, un poco más atrás. La niña está aprendiendo a leer y juega en el patio de la casa con unos papeles y un libro. Todavía no reconozco todas las letras y algunas palabras se me agolpan sin significado, ¡osados e impertinentes signos! El libro que tengo entre manos no es de vaqueros, es de arquitectura, un ejemplar que he encontrado tirado en la basura. No solo hay palabras en este libro, también hay planos y dibujos de casas. Me esfuerzo en descifrar los signos y trazos mientras voy subrayando con lápiz las palabras que no conozco para copiarlas luego e intentar retenerlas. La dificultad de la tarea no me hace desistir por lo que tiene de descubrimiento y aventura y porque intuyo que algún día todo cobrará sentido. 

Y llegaron los primeros libros de verdad. Ah, ¿pero existen libros de mentira? Bueno, algunos. Entre los inútiles y horteras regalos de primera comunión se colaron el visionario Julio Verne con su Viaje a la luna y el aventurero Arthur Conan Doyle con su Mundo Perdido. ¡Vaya dos! Desde mi habitación, podía viajar con ellos a la luna en un cohete espacial o a la tierra de los dinosaurios. Todo se abría a la posibilidad, a la aventura, al hallazgo y al regocijo. El mundo, mi mundo, se había dilatado y se me ofrecía inmenso. 

Con la adolescencia y juventud asomaron los libros obligados, algunos muy buenos, creedme; también los aburridos, que no dudaba en dejar a medias; los prohibidos, que leía con el ansia del que siente que se acaba el mundo mañana; los gordos ¡los gordísimos!, que me hacían preguntarme qué mente humana había sido capaz de tal atrevimiento; los que ni siquiera merecen llamarse libros; los de texto. Y me saturé. Y llegó la etapa de no lectura. No libros. Salir, viajar, conocer. Vivir.

Pero la vida, en su grandeza y complejidad, se iba haciendo algo más fría y desapacible, y necesité cobijo frente a la intemperie. Volver a leer fue volver al hogar, a casa, al diálogo con el otro, al conocimiento, a la comprensión del mundo, al pasatiempo, a la herramienta, al descubrimiento, a la aventura, a la posibilidad, al regocijo, a la inmensidad.

Y comprendí que «vivir sin leer es peligroso porque obliga a conformarse con la vida», que dijo alguien. Comprenderéis vosotros que ya no quiera salir de casa  porque ahora todo tiene sentido.

Entrada para el editorial del nº 9 de la revista «La Agrunsaera» del IES Los Alcores de San Miguel de Salinas 

 

 

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