En la Orilla Izquierda del Sena

El día que Isabel llegó a la estación de París-Montparnasse no sabía que no volvería a subir a ese tren de vuelta a Madrid. Era octubre de 1926. Viajaba con un pensionado de la Residencia de Señoritas madrileña a la prometedora ciudad de la luz y, decían también, de la libertad. En Madrid dejaba una vida ordenada, que por previsible detestaba, y a su prometido Pablo con sus ansias de boda aplazadas una vez más. En París la esperaban el estudio de la literatura francesa ―su pasión y su especialidad―, y la práctica y perfeccionamiento de su francés.

Un intenso aroma a expectativa rodeó a Isabel nada más bajar del tren. El reloj de la estación marcaba las cuatro en punto. Tenía tiempo hasta las seis para llegar a la pensión donde la esperaban sus compañeras de estudio y el pequeño bulto que traía por equipaje no le suponía un peso excesivo, así que decidió que sus pasos la encaminaran hacia su destino dilatando las dos horas sobrantes por las sinuosas callejuelas de la orilla izquierda del Sena cual flâneuse, sin prisas, con el único propósito de acomodarse a los aromas y colores de esas nuevas calles y gentes que serían su hogar durante los siguientes seis meses.

Como el que no quiere la cosa, a la altura de la rue de L’Odéon topó con dos librerías. ¡Qué feliz coincidencia! La una frente a la otra, como queriendo mirarse y ser miradas: Shakespeare and Company La Maison des Amis des Livres. Dudó un momento para enseguida decidirse por la segunda que, como anticipaba su nombre, mostraba a través de sus amplios ventanales un ambiente interior más familiar y acogedor y ―seguramente, pensó― la posibilidad de encontrar más literatura francesa que en la primera. Tras un amplio mostrador con pilas de libros a ambos lados, la recibió una mujer que pudo apreciar ―no sin dificultad, pues los libros recortaban el contorno de la librera como si de un cuadro se tratara―, gruesa, con pecho de matrona y algo pintoresca en el vestir. Una falda larga y gris, cuyo exceso de vuelo parecía cobijar dentro algo más que piernas, blusa blanca almidonada y bien planchada y un chaleco de pana rosa, en colorido contraste con la sobriedad y orden del resto, enmarcaban a la «matrona». A la impresión inicial que le causó tan extravagante indumentaria le siguió una sensación de sosiego al observar Isabel que su pelo, recogido por un ancho pañuelo, dejaba al descubierto un rostro amable, de rasgos suaves redondeados, y mirada dulce y soñadora. Más tarde sabría que se trataba de Adrienne Monnier, y que su librería se había convertido en salón literario espontáneo de la intelectualidad más selecta de la ciudad.

Isabel rehusó amablemente el café que le ofreció Adrianne nada más entrar en la librería. No porque no le apeteciera, más bien porque no estaba habituada a este tipo de familiaridades. Algo tímida y educada en un ambiente recatado, su sentido del decoro la impulsó a declinar la invitación. Preguntó por la sección de literatura francesa contemporánea y hacia allí la dirigió amablemente la librera.

Sylvia y Adrienne

Diluida entre estantes y pilas de libros, Isabel no podía dejar de observar el curioso atuendo y el andar pausado de Adrianne. La «matrona» volvía al fondo de la librería donde, alrededor de una mesa con algún libro y hojas sueltas por encima, conversaban otras dos mujeres. Sylvia, que regentaba la librería de enfrente, y Colette, la escritora francesa. Debatían sobre a quién regalar la entrada que les sobraba para asistir al espectáculo del Folies Bergère donde actuaba esa misma noche Josephine Baker. Josephine, la nueva amante de Colette, la bella y exótica Josephine Baker, conocida también como la venus negra, había causado furor un año antes en La Revue nègre con su Danza salvaje, una fusión de bailes exóticos y de erotismo vibrante.

Josephine Baker, La Perla Negra

Colette, exultante y aireando en exceso las manos, explicaba a sus amigas el espectáculo de su Josephine ante la creciente turbación y sorpresa de Isabel, que no podía evitar sentirse algo desbaratada ante una conversación que le llegaba sin permiso y a la que no había sido invitada. «Mi adorable Josephine se muestra exquisitamente embriagadora ―escuchaba Isabel perorar a Colette―. Simula comprar objetos expuestos en escaparates y va cubriendo con ellos su espectacular cuerpo aceituna. El mejor número, el de las bananas: unas bananas que se coloca a modo de falda, sin más vestido que ese, y que dejan al descubierto sus moldeados, turgentes y proporcionados pechos. ―Colette miró entonces hacia el techo de la librería, como en suspensión enajenada ante la imagen de esos pechos y caderas de Josephine con esas bananas fálicas y frenéticas vibrando al compás de la música, y como levitando continuó― Esta entrada tiene que ser para alguien que sepa apreciar toda la belleza y arte de Josephine. La invitada que nos acompañe debe ser digna de la belleza de Josephine, o porque la suya la equipare o porque posea esa sensibilidad femenina para lo bello que se merece mi perla negra», ―sentenció Colette enderezando la vista y posándola ahora en Isabel.

Colette

Isabel, cuyo rubor había ido en aumento ante tan descaradas e íntimas disquisiciones, sabiéndose ahora observada y centro de atención, lidiaba con permanecer erguida y no trastabillar y hacer caer toda la fila de libros del estante. Veía como Colette, llevada como por un impulso lascivo tras la sugerente visión anterior de Josephine, se había levantado y se dirigía hacia ella. El conocido carácter temperamental de Colette y su apetito desenfrenado por la belleza femenina no sorprendió a sus amigas. Sí a Isabel, que observaba temblorosa los movimientos de acercamiento de tan temperamental mujer. Colette la miró a los ojos ―como pidiéndole permiso―, luego de arriba a abajo, ―corroborando la belleza de Isabel que había intuido de lejos― y sin más preámbulo comenzó a acariciar su brazo derecho ―con el izquierdo Isabel procuraba seguir apoyada en la estantería― al tiempo que le proponía que las acompañara y que aceptara esa entrada al paraíso.

Isabel, que ojeando libros había mantenido la falsa ilusión de permanecer ajena a una intimidad tan abierta y turbadora, desprevenida y aturdida por el roce y la osadía de la proposición, así como estaba, mano izquierda en la estantería y los pies anclados en el suelo para que su temblor no la delatara, no supo ni quiso decir que no.

Y allí, en la orilla izquierda del Sena, entre esas cuatro paredes, una ciudad nueva despojada de guías, una ciudad nunca antes transitada por ella, la del goce inminente, se abrió a Isabel como paisaje sin fondo.

 

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