En un lugar del Campo cercano a la Costa no ha mucho que vivían hidalgos de los de antes, de los de lanza en astillero. Los ratos que estaban ociosos se daban a estudiar, indagar, averiguar, la manera de recuperar su historia, su pasado, su identidad. Con estas razones pasaban los días y las noches, algunas en vela, y se dedicaban a ello con tanto ahínco y tesón que a ojos de algunos vecinos parece que perdían la razón y hasta el juicio. Pero sólo albergaban la ilusión de rescatar del olvido molinos, pero no de viento sino harineros, cucos, cuevas, aljibes, conjuntos hidráulicos, casas rurales, ermitas, yeseras, montes, parajes naturales y sus habitantes animados, restos arqueológicos -algunos de la prehistoria- y etnológicos; modos de vida antigüos, aperos de labranza y de labor, utensilios de casa; restos del pasado de este rico lugar llamado San Miguel del Campo.
De tanto buscar encontraron, más y de mayor valor de lo que imaginar pudieran, así que llamaron a otros, más versados en asuntos del pasado, para que catalogaran con mimo estos hallazgos y formaran parte de un futuro “Museo Etnológico”del lugar entre otras cosas, convencidos del poder también económico de la cultura de un pueblo. Mientras esto ocurría vieron cómo uno de los más importantes hallazgos arqueológicos era destruído, en su mayor parte, por unas máquinas dentadas sin alma. Se entonó entonces un Réquiem por la muerte del “Yacimiento Prehistórico de la Edad del Bronce del Cabezo de la Mina”.
A los lugareños se le fueron sumando vecinos venidos de otras tierras más frías, que buscaban el calor del clima y de las gentes. Algunos de estos nuevos vecinos preguntaron por la historia del lugar, querían más que sol y calor, querían participar y saber de lo nuestro. Y no encontraron respuesta. Y se maravillaron del poco celo que teníamos de lo nuestro teniendo tanto.
Entonces, nuevos hidalgos, menos aventureros que los precedentes, pensaron que cuando no hay respuestas existe una única respuesta. Y así es cómo ahora, con unos dineros de nada -1.345.000 euros- que el Estado ha aportado para “echar una lanza” a los pueblos y su crecimiento, han ideado la creación del “Museo de la Semana Santa”. De todos es conocido el histórico y tradicional sentimiento “pasional” de nuestro pueblo y del gusto de sus gentes por el dorado. Así que mientras algunos hidalgos dejan las lanzas a un lado para arrodillarse con más facilidad ante este futuro y “dorado” museo, otros entonarán réquiems a su pesar y seguirán buscando bronces.
Para Radio San Miguel
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Sencillamente, expléndida la forma de contarlo. ¡Qué lamentable que haya que contarlo!
Felicidades en todo caso.
Salud
esperemos, al menos, que siga habiendo quijotes ilusionados y dispuestos a deshacer entuertos, porque de tuertos y ciegos ya andamos sobrados